Nuevas Tardes en Manhattan, de Hugo Noël Santander, disponible en Amazon Kindle presionando aquí.
El llamado Sueño Americano ha sido, durante décadas, una promesa móvil: una idea que viaja más rápido que las personas y llega antes que ellas a las ciudades que habrán de habitarlas. Mito persistente y consigna eficaz, sobrevive como una expectativa concreta de trabajo, seguridad, reconocimiento y futuro. Nuevas tardes en Manhattan se aproxima a ese sueño observándolo en funcionamiento, en la vida diaria de quienes lo persiguen con disciplina, fe, astucia y cansancio. Por ello, este libro puede leerse como un manual realista: prescribe caminos al interior de cada personaje y despliega escenas formadas en pasados arduos; no promete resultados, sino que expone costos —los de la desilusión y también los de la ilusión— aceptando, como lo formulara Menandro, que no vivimos como queremos, sino como podemos. Es un libro que comparte experiencias con la agudeza propia de los grandes novelistas.
En las páginas que siguen, el lector entra en una geografía humana donde se encuentran la memoria y el porvenir, la identidad y el desarraigo, la fe y la supervivencia cotidiana. La novela se construye como relato coral y como testimonio íntimo: un mapa de quienes llegan a una ciudad deslumbrante con la voluntad de rehacer su vida y descubren, a la vez, trabajos arduos, alianzas frágiles, afectos intensos y decisiones cuyas consecuencias son inmediatas y determinantes.
La obra se articula desde un centro simbólico que orienta toda su respiración narrativa: el sueño recurrente del autor en el que Manhattan es sacudida por una gran explosión. Esa visión —vivida como presagio insistente— probó ser una intuición histórica y espiritual. La novela ha perdurado desde su escritura gracias a su percepción de las tensiones invisibles que atraviesan la relación de poder entre el ciudadano legal y el ilegal, fuente de desigualdades acumuladas y de vidas que sostienen la ciudad desde la sombra: sin crédito, discretas, disciplinadas. En ese horizonte, la escritura se vuelve una forma de atención lúcida: atender lo que la metrópoli no enuncia, lo que el inmigrante aprende a callar para perseverar, lo que el cuerpo comprende cuando el idioma, la ley y la costumbre convierten la existencia en examen permanente.
La prosa mantiene una cadencia reflexiva y contenida, pero el mundo que representa posee una densidad moral y material ineludible. La novela se adentra en zonas donde la vida migrante se ve obligada a negociar decisiones límite, vínculos bajo presión y formas de exposición íntima que forman parte del mismo paisaje que la fe, la solidaridad y la memoria. Nada aparece como artificio ni como espectáculo: todo responde a la lógica de una experiencia vivida.
Desde ahí se despliega el recorrido de Claudia Angelina de las Penas, cuya travesía es física, emocional y espiritual. Claudia llega a Nueva York con la determinación de interrumpir un pasado que la persigue y se enfrenta a una realidad compleja: la promesa de prosperidad convive con la intemperie afectiva; la libertad con la disciplina; la abundancia visible con la economía mínima del día a día. Su mirada permite recorrer Manhattan y sus bordes no como postal, sino como experiencia habitada: turnos largos, silencios compartidos, vínculos que se tensan y se reconfiguran.
Junto a ella aparece Mario, marcado por un pasado político turbulento y por una doble identidad que intensifica su fragilidad. Su tránsito por el metro —juglar urbano, trabajador invisible, conciencia en disputa— abre uno de los ejes más profundos del libro: la elaboración del sentido cuando la fe, la culpa y la necesidad dialogan. Mario encarna la redención entendida como trabajo interior y como responsabilidad; su impulso de escribir y pensar no elude la dureza del presente, la atraviesa.
Todd introduce otra dimensión decisiva del Sueño Americano: la relación entre ideas y vida, entre contrato social y afecto. Profesor de filosofía, marcado por la discapacidad y por una lucidez incisiva, Todd se mueve entre el acuerdo práctico y la implicación emocional. Su vínculo con Claudia ilumina una constante del libro: la negociación entre lo que se desea y lo que se pacta para sobrevivir, entre el amor y las formas legales que prometen amparo.
Alrededor de ellos, una galería de personajes —Helena, Clitemnestra, Cassandro, Orlando, Eduardo, Constantino— otorga textura y densidad. Helena aporta el filo ideológico de una época: el de la experta paternalista que, desde su posición en una ONG, delimita lo decible y lo permitido, convirtiendo a los inmigrantes en piezas funcionales de un engranaje moral. Clitemnestra encarna la energía contradictoria de la ciudad; Cassandro introduce la música como memoria y destino. Cada figura suma una perspectiva sobre la experiencia migrante y amplía el alcance del relato.
La prosa que los acompaña sostiene un equilibrio singular: realismo de calle y resonancia poética; observación social y dimensión simbólica; crónica urbana y meditación interior. La novela avanza entre barrios, trabajos, documentos y espacios privados, y a la vez reflexiona sobre la fragilidad humana, la tentación, la fe y el modo en que una ciudad redefine lo que creemos merecer. Esa convergencia convierte el libro en experiencia estética y en conocimiento compartido.
Late aquí una vocación comparativa que enlaza territorios y culturas: Bucaramanga como raíz y memoria activa; Oporto y Lisboa como estaciones de aprendizaje; Philadelphia, Manchester y Besançon como huellas de un recorrido interior. En esa línea resuena la enseñanza de Baldomero Sanín Cano, para quien el escritor debía ser también viajero, atento a los vínculos entre sociedades y lenguajes, capaz de convertir el desplazamiento en comprensión y solidaridad. Nuevas tardes en Manhattan participa de esa tradición: observa, compara, registra y acompaña.
La novela fue impresa en Colombia por la Universidad Industrial de Santander en 2000 y luego en España por editorial La Buganville, en el contexto posterior a los eventos del 11 de septiembre. Su reedición en 2025 dialoga con un presente marcado por nuevas olas migratorias, por debates persistentes sobre pertenencia y legalidad, y por un interés renovado en la literatura latinoamericana que aborda el desplazamiento como condición vital y no como abstracción.
Varias de las reflexiones aquí expresadas fueron enviadas al autor en una carta de Katty Paternina, personaje de su documental Manatí, retablos de un pueblo subdesarrollado y feliz (2005).
Cito sus palabras finales:
No dejes que declinen las tardes.
Muchos disfrutamos con la puesta del sol
y hay todavía muchas tardes por sorprendernos.
Leyla Margarita Tobías Buelvas
Sincelejo, diciembre de 2025
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